SERIES: El rancho de la viuda
Chapter 1 - Un trato desesperado
Isabela Whitaker contempló el horizonte desde el porche, mientras el viento tejano agitaba los mezquites. Desde la muerte de Tom, el rancho parecía inmenso y demasiado silencioso.
—Deja ese caballo, Diego. Necesito que te cases conmigo —dijo, con una firmeza que no alcanzó a esconder su miedo.
El vaquero frenó en seco y la miró, incrédulo. —¿Mande, patrona? ¿Cómo que casarme con usted? Apenas puedo mantener mis botas remendadas.
—Mis hermanos vienen desde Monterrey para quitarme este lugar. Aseguran que una viuda sola no puede dirigir un rancho en Texas.
Diego miró los corrales, las cercas y los campos que conocía mejor que cualquier mapa. —Soy un vaquero de Zacatecas, patrona. ¿Quién va a creernos?
—Contigo a mi lado, no se atreverán a tratarme como si no supiera defender lo mío —respondió Isabela, apretando los dedos contra la baranda.
Diego guardó silencio. Don Tom le había dado trabajo cuando cruzó la frontera sin dinero, y jamás olvidó la bondad de aquel hombre.
—Está bien —dijo por fin—. Pero que quede claro: lo hago por respeto a don Tom, no porque crea que esto sea sensato.
Antes del mediodía, dos automóviles levantaron polvo frente a la casa. Raúl y Esteban bajaron vestidos como hombres de negocios, con sonrisas demasiado tranquilas.
—¡Isabela! Venimos por lo que es nuestro —anunció Raúl, mirando el rancho como si ya hubiera repartido sus tierras entre compradores.
Ella se adelantó sin vacilar. —Diego es mi prometido. Si tienen algo que decir, pueden hacerlo delante de él.
Esteban soltó una carcajada. —¿Tu prometido? ¿Un vaquero de Zacatecas que no tiene ni dónde caerse muerto? Esto sí que es una sorpresa.
—Tendré poco, señor, pero aquí nadie le alza la voz a la patrona —contestó Diego, colocándose junto a Isabela sin bajar la mirada.
Raúl sacó un documento de su portafolios y lo agitó frente a ella. —Tom firmó esto. El rancho pertenece a sus herederos, y tú debes marcharte.
Isabela reconoció el nombre de su esposo, pero no la letra. Antes de responder, Esteban señaló a Diego y pidió que el sheriff revisara sus documentos.
—Tienes hasta el viernes para firmar —advirtió Raúl—. Si te niegas, vendremos con el sheriff y te sacaremos de aquí.
Cuando los hermanos se marcharon, Isabela dejó caer los hombros. —Perdóname, Diego. Te metí en un problema que no te corresponde.
—Don Tom me dio trabajo cuando llegué a Texas sin nada —respondió él—. Se lo debo. Y usted no va a enfrentar esto sola.




